Homilía del Cardenal Tarcisio Bertone – beatificación de Sor Marta Wiecka

VISITA A UCRANIA CON OCASIÓN DE LA BEATIFICACIÓN
DE LA SIERVA DE DIOS SOR MARTA WIECKA
LVOV – KIEV, 23-26 DE MAYO DE 2008

CELEBRACIÓN DE LA SANTA MISA Y RITO DE BEATIFICACIÓN
DE LA SIERVA DE DIOS SOR MARTA WIECKA

HOMILÍA DEL CARDENAL TARCISIO BERTONE,
SECRETARIO DE ESTADO

Lvov, Parque de la Cultura
Sábado 24 de mayo de 2008

Señores cardenales;
queridos hermanos obispos y sacerdotes;
honorables representantes del Gobierno y del ejército ucraniano;
querida comunidad religiosa a la que pertenece la beata Marta Wiecka;
queridos hermanos y hermanas:

Agradezco a Dios la oportunidad que me concede de visitar esta tierra que permaneció fiel a Cristo y a la Sede apostólica incluso durante el largo período de la persecución atea comunista. Vengo a visitar Ucrania, a la que el siervo de Dios Papa Juan Pablo II, en su visita del año 2001, definió “pueblo amigo”, y os agradezco vuestra cordial acogida.

También doy gracias al Señor porque, en nombre del Santo Padre Benedicto XVI, cuyo saludo afectuoso y cuya bendición os traigo, tengo la alegría de presidir esta celebración eucarística y proclamar beata a sor Marta Wiecka, precisamente en la ciudad en donde, desde hace mucho tiempo, las religiosas de San Vicente de Paúl atienden a los enfermos, se ocupan de los jóvenes y de los que necesitan no sólo cuidados médicos, sino también ayuda espiritual.

Os saludo con afecto a todos. Saludo a los cardenales, a los arzobispos y a los obispos, y de modo particular al venerado cardenal Marian Jaworski, pastor de esta archidiócesis latina, que con espíritu de auténtica fraternidad me ha acogido a mí y a las personas que me acompañan. Saludo a su eminencia el cardenal Lubomyr Husar, arzobispo mayor de Kiev-Halic. Saludo al arzobispo Ihor Vozniak, pastor de la archieparquía de Lvov. Saludo a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los fieles.

Dirijo mi saludo al presidente de Ucrania, señor Víctor Jushchenko, y a su delegado; a los representantes del Gobierno y del ejército ucraniano; a los responsables de la región y de la ciudad de Lvov. Saludo asimismo a todos los representantes de las Iglesias hermanas cristianas. Saludo a todos los sacerdotes, a los diáconos, a los seminaristas, a las personas consagradas y, de modo particular, a las hermanas del instituto religioso de San Vicente de Paúl, con la madre general.

Un saludo muy especial a los parientes y familiares de la beata sor Marta Wiecka. Saludo a todos los peregrinos que han acudido a Lvov de todas las partes de Ucrania y del extranjero. Mi saludo se extiende, por último, a todos los que están en conexión con nosotros a través de la televisión y la radio: pienso sobre todo en los ancianos, en los que sufren y en los detenidos en las cárceles.

Nos hallamos aquí reunidos por la nueva beata, que sacrificó su vida joven por los demás, sin tener en cuenta su nacionalidad o su religión. Y hoy se cumple el deseo del pueblo ucraniano de elevar a la gloria de los altares a una hija suya, sor Marta Wiecka, cuyo sepulcro, durante el período soviético, fue símbolo de la unidad popular y ejemplo de auténtico diálogo ecuménico.
La palabra de Dios que hemos escuchado nos impulsa a meditar en qué consiste la santidad; nos lleva al corazón del mensaje evangélico, al gran mandamiento que Jesús nos dejó: el amor a Dios y al prójimo.

“Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo” (Ct 8, 7). La primera lectura, que se acaba de proclamar, nos indica el amor infinito de Dios a su pueblo, que él llama constantemente a la conversión. Pero ¿cómo se manifiesta este amor? Según la Biblia y según la experiencia de los santos, es un amor que pone en primer lugar a Dios, el cual en Jesús nos reveló su rostro de bondad y misericordia, y nos invita a la comunión con él; es un amor que nos capacita para amar a los hermanos sin distinción de raza y cultura; un amor que respeta a toda persona porque ha sido creada a imagen y semejanza divina. Este amor resplandece en el testimonio de sor Marta Wiecka, que sacrificó su vida convirtiéndose para todos aquellos con quienes se encontró en un signo concreto del amor misericordioso del Señor.

El amor, como leemos en la segunda lectura, tiene su origen en Dios. Dios es amor, y nosotros lo amamos a él, invisible a nuestros ojos, si amamos al prójimo, a quien vemos. Hasta el heroísmo de la sangre, si es necesario. Como hicieron los mártires de los primeros siglos de la Iglesia; como hicieron san Maximiliano María Kolbe, el beato Omelian Kovch, sacerdote de la Iglesia grecocatólica, y los mártires asesinados por causa de la fe durante la segunda guerra mundial.

“Permaneced en mi amor” (Jn 15, 9). Esta es la invitación que Jesús nos dirige, una invitación que el evangelista san Juan escuchó personalmente de labios de Jesús en el clima familiar y, al mismo tiempo, dramático del Cenáculo, en la víspera de su muerte en cruz. Una invitación al amor que conlleva, como condición, el sacrificio de la propia vida. “Permaneced en mi amor”: esto es lo que hizo sor Marta Ana Wiecka y se convirtió en auténtico ejemplo de fe, de esperanza y de caridad.

Nació el 12 de enero de 1874 en Nowy Wiec, en el norte de Polonia. En abril de 1892 entró en el instituto de las Hijas de la Caridad, en Cracovia, y el 26 de abril de 1893 llegó aquí, a Lvov, para trabajar en el hospital regional, conocido como “piary”. Llevó una vida sencilla y oculta, marcada, en todos los lugares donde desarrolló su actividad -Lvov, Pidhajci, Bohnia, Sniatyn-, por el amor a Cristo y a los hermanos, poniéndose totalmente al servicio de los demás. Después, cuando tanto Polonia como Ucrania se vieron privadas de su soberanía nacional, cuando los ciudadanos se vieron oprimidos, y su fe y su lengua perseguidos, la joven religiosa fue enviada a Galizia, donde la gente aprendió a llamarla “la santa hermana de Sniatyn”.

Todos vosotros conocéis el gesto heroico que realizó, tomando el lugar de un médico auxiliar, que en el hospital de Sniatyn debía encargarse de desinfectar la celda de aislamiento de una enferma de tifus. Así quiso evitarle el peligro de contagio, pero al día siguiente fue ella quien contrajo la enfermedad y, a pesar de los cuidados médicos, después de una larga enfermedad, volvió a la casa del Padre. Este acto heroico de una religiosa católica nunca se ha olvidado.

Como escribió el cardenal Marian Jaworski en su carta pastoral, el sepulcro de sor Marta no sólo era un lugar de culto, sino que desempeñaba la función de una iglesia en los años sucesivos a la segunda guerra mundial. En efecto, allí se reunían para la oración comunitaria fieles de todas las confesiones cristianas, mostrando así la verdad de lo que nos dice la Biblia: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo” (Ct 8, 7).

Queridos hermanos y hermanas, el hecho de que estéis aquí hoy en tan gran número pone de manifiesto que el amor vence siempre, y los cristianos tenemos la misión de testimoniar la victoria del Amor en todas las ocasiones de la vida. Porque el amor es precisamente el secreto de todo: el amor inefable del Señor, que vence la debilidad humana, toca el corazón del hombre y lo convierte al amor a la vida, al amor al prójimo, incluso al amor a los enemigos. Sor Marta Wiecka es un brillante ejemplo de un amor tan grande. Y su beatificación sigue ofreciéndonos un claro ejemplo de la importancia que reviste el responsabilizarnos unos de otros, el vivir todos al servicio de los demás.

Al elevar a la gloria de los altares a nuevos beatos y santos, la Iglesia nos los señala como ejemplos que hemos de seguir e intercesores a quienes hemos de invocar. Nos pide que recorramos su mismo camino, testimoniando al mundo la fuerza inconmensurable del amor, que lo vence todo: incluso la muerte.

Queridas Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, la Iglesia nos señala hoy a una de vuestras hermanas como modelo de santidad. Que ella os ayude a proseguir en vuestro apostolado con el mismo entusiasmo y la misma fidelidad que la caracterizaron a ella.

Me dirijo en particular a vosotros, profesionales de la salud: que la beata sor Marta Wiecka suscite en vosotros solicitud, atención, entrega a cuantos sufren enfermedades. El hombre es cuerpo y espíritu. Al aliviar el dolor corporal no olvidéis que para una curación verdadera y profunda también es indispensable tener en cuenta las exigencias espirituales de la criatura humana.

¡Cuán importante es, por tanto, el encuentro con Dios para quienes se encuentran hospitalizados y sufren! ¡Cuán importante es que se defienda y promueva siempre la cultura de la vida y del amor, que se contraponga eficazmente a la cultura de la muerte con sus tristes y preocupantes manifestaciones, entre las cuales me limito a citar el aumento de los abortos y de los casos de eutanasia. Esta humilde religiosa de Sniatyn, que hoy resplandece en el cielo entre los beatos, nos canta un himno a la vida, nos exhorta a amar la vida humana y a defenderla en todas sus fases, desde la concepción hasta su ocaso natural.

“Permaneced en mi amor”. Queridos peregrinos, al volver a casa, llevad con vosotros la alegría de este día; cultivad en el corazón el compromiso de “permanecer en el amor” de Dios, siguiendo las huellas de esta compatriota vuestra, modelo de santidad que todos podemos imitar.

La Virgen santísima, Madre del Amor, os proteja desde el cielo, juntamente con vuestros santos patronos y, en particular, la nueva beata. Que Dios bendiga a la Iglesia metropolitana de Lvov de los latinos; que bendiga a todas las comunidades eclesiales presentes; que bendiga a Ucrania y a sus habitantes. Ahora y siempre. Amén.